Los meses han pasado y ya no se pueden contar con los dedos de las dos manos los que llevo en estas tierras. La vida se ha estabilizado y el tiempo pasa tranquilo sin sobresaltos. Eso no significa que el país no me sorprenda constantemente, que lo hace, sino que finalmente me he hecho a la vida guineana, aceptando todo como parte normal del día a día.
Bata se ha convertido en mi segunda casa y es una casa agradable. Es agradable ir al mercado y que las señoras que venden fruta te conozcan porque siempre vas allí. Es agradable que el camarero de tu bar local preferido sepa que tú siempre pides pescado con plátano y no pollo con patatas. Es agradable que las madres de los niños que ingresan te pidan el teléfono porque se fian más de ti que de nadie y que se refieran a ellas como «tu mamá» cuando hablas con ellas. Pero lo más agradable que hay es que mientras vayas por el pasillo de la pediatría venga un niño de poco más de un año corriendo para engancharse a tus piernas. Que tengas que ver la Bella y la Bestia con él porque no se quiere separar de ti; y que finalmente se duerma en tus brazos mientras que la película continúa. Ese mismo niño que hace no mucho pensaste que moriría porque estaba muy grave y no sabías que más hacer.
Muchas cosas echaré de menos de este país cuando me vaya, pero nada comparable con los niños guineanos.
P.D. añado una foto de Bata al atardecer. Sin filtros. Solo magia
















